[...] Unos dicen que es preciso vivir para dios, para la ley, para el bien y para la justicia; es decir, para una abstracción indefinible, que varia según las épocas o el grado de cultura de las colectividades o los individuos; una abstracción invisible, impalpable; fantasma creado por la imaginación del hombre y en cuya presecución la humanidad se agota en vanos esfuerzos.
Otros han afirmado que era preciso vivir para la humanidad, el medio humano, el conjunto social y así los hombres han llegado a hacer abstracción de todo cuanto tendía en ellos a desarrollarse separada y aisladamente, depositando cuanto eran y cuanto tenían en el altar del contrato social. La coacción universal acabó con el último vestigio de la iniciativa personal, convirtiendo a los hombres en súbditos, ciudadanos y miembros de las sociedades, sin que en tal situación nadie se considere más dichoso.
Muy pocos son los que han proclamado que es preciso vivir por vivir para llenar sus funciones de bípedo dotado de inteligencia y de sentimiento, capaz de analizar las emociones y de catalogar las sensaciones.
Vivir por vivir sin más; vivir para trasladarse de una parte a otra; para apreciar las experiencias intelectuales y morales; para gozar; para satisfacer las necesidades del cerebro o la voz de los sentidos. Vivir para adquirir sabiduria, para luchar y formarse una individualidad franca; para amar; para coger las flores de los campos y los frutos de los árboles. Vivir para producir y consumir; para sembrar y recoger para cantar al unísono con los pájaros y para disfrutar del sol tendidos sobre la arena de la playa.
Vivir por vivir, para gozar intensamente de cuanto nos ofrece la vida, apurando hasta la última gota de la copa de delirios y sorpresas que la vida guarda a quienes han adquirido conciencia de que existen. ¿Es que esto no vale por todo el fárrago de metafísicas religiosas o laicas? [...]
